El otro Santiago, alejado de los modernos edificios y estadio de fútbol, el otro Santiago ignorado
Mateo, de 11 años, enfrenta con miedo la oscuridad de cada noche porque en su casa no hay luz eléctrica.
Aún convive con la cicatriz de un accidente en penumbras con agua hirviendo y sueña con que su familia logre juntar el dinero para tener, al menos, un foco de luz.
En la penumbra.Tiene 11 años y vive en una casa sin luz, puertas ni ventanas
PIRUAJ BAJO, SANTIAGO DEL ESTERO.- Es noche cerrada y Mateo, de 11 años, tiene miedo. Tiembla ante la oscuridad que lo abraza porque en su casa no hay luz eléctrica ni paneles solares. Sacude la cabeza para espantar el recuerdo de lo que le pasó hace unos meses, otra noche, también en la oscuridad: su familia tomaba unos mates alrededor del fuego para engañar al hambre cuando su pie se enganchó con el pico de la pava y se le cayó el agua hirviendo encima. La media se pegó enseguida a la piel, por lo que hubo que tirar fuerte para sacársela y llevarlo urgente, en moto, al hospital. Parte del empeine cicatrizó mal y todavía ese pedazo de carne hinchada le molesta cuando se ata las zapatillas. Hoy, reza todos los días para que su familia pueda conseguir la plata para poner, al menos, un foco de luz.
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En la profundidad del monte santiagueño, Mateo Montenegro se cría en un lugar al que todavía no puede nombrar casa. Hasta hace unos meses, vivía debajo de un nylon sostenido por palos junto a su mamá —Zulema Romero— y sus dos hermanos más chicos: Valentina, de 7 años, y Santiago, de 3 meses. Con mucho esfuerzo, ella pudo levantar un ambiente de adobe, que no tiene puertas ni ventanas. Ahí, hoy pasan sus días. Sus únicas pertenencias son dos camas, una mesa, dos sillas y un par de ollas. Desde que hace tres años su mamá decidió regresar por problemas intrafamiliares a Piruaj Bajo, un paraje ubicado a 20 kilómetros de San José de Boquerón, tuvieron que volver a empezar. Se instalaron al lado de la casa de sus abuelos —Adela y Lizandro Moreno— que son los que les dan cobijo los días de calor insoportable o de frío intenso. Venían de otro paraje, Moradito, y allá dejaron a su papá y a sus dos hermanos más grandes. Son las 9 de la mañana de un sábado de julio. Las nubes se amontonan para tapar el sol y eso hace que la temperatura baje a 11 grados. A pesar del frío, Mateo viste apenas un jogging azul, un buzo y zapatillas blancas. Tiene los hombros encogidos y los puños cerrados metidos dentro de las mangas del buzo. —¿Dónde duermen? —Casi siempre en lo de mi abuela porque nos falta hacer una casa de ladrillo y hace frío para el bebé. No tenemos luz y usamos velas. El agua la sacamos del aljibe que tiene mi abuela. —¿Baño tienen? —No. Hay que reavivar el fuego para calentar el cuerpo y Mateo va a buscar la carretilla y el hacha para ir al monte a cortar leña. Zulema deja a Santiago con su mamá, y se mete con Mateo y Valentina entre los árboles. Hablan entre susurros, se hacen señas con las manos y en menos de media hora tienen la carretilla llena de madera. Cuando vuelven, Mateo es el encargado de ponerla en el fuego que está a unos metros de la casa. De a poco, la llama gana intensidad. Desde que se convirtió en el hombre de la casa, Mateo tiene cada vez más tareas.
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Infancia en riesgo. A la izquierda, Mateo muestra cómo le quedó el pie después de quemarse con el agua hirviendo de una pava; a la derecha, la familia va a buscar leña al monte para cocinar y soportar el frío del invierno
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Se crió acá, en Piruaj Bajo. Desde muy chica empezó a ir con su papá a la cosecha del poroto porque necesitaban alguien que cocinara y dejó la escuela en sexto grado. Se acostumbró a estar entre grandes, a observar, a hacer las tareas de la casa. Zulema afirma que está tranquila cerca de sus padres, en el territorio en el que aprendió a dar sus primeros pasos, pero sufre por no contar con un lugar digno para vivir y por tener lejos a sus dos hijos más grandes. “Mi pelea era intentar tener a todos mis hijos conmigo, pero por temas de trabajo no se pudo. Ellos trabajan haciendo carbón con su papá en Moradito, en el departamento de Alberdi. Queda a 15 o 20 kilómetros de aquí”, dice Zulema. —¿Cómo están viviendo ahora? —Tenemos una habitación de adobe y un galponcito de nylon. Yo quiero cerrar aunque sea la mitad del galpón para tener algo más seguro y calentito. Pude comprar unos ladrillos y me faltan algunos más para poder empezar. Lo que queda es el tema del albañil para construirlo. Me dijeron que sale cerca de $800.000 la mano de obra. —¿Qué ingresos tenés? —Cobro la asignación por Valentina y Mateo pero no por el más chico porque todavía no me llegó el acta de nacimiento. Reclamé en Nueva Esperanza y siempre me dicen que me va a llegar, pero nunca llega. —¿Qué es lo que más te preocupa? —Ya han visto cómo vivimos nosotros, peleando contra el viento, pero vamos a lograr si Dios quiere tener un buen hogar. Es lo que más deseo yo para mis hijos. Ellos ven que otros chicos tienen una buena casa y yo sufro por no poder darles algo mejor. A mí me da vergüenza tener un techo de plástico en donde ellos no pueden dormir bien. A esa altura del relato, se quiebra.
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“Los logros de los gobiernos, y sus deficiencias, son evaluados por los ciudadanos en cada elección de autoridades”, dice Ángel Niccolai, ministro de Desarrollo Social de Santiago del Estero, sobre su gestión y sobre el hecho de que, desde hace 20 años, el gobernador Gerardo Zamora timonea la provincia. Y agrega: “Creo que el Programa de Viviendas Sociales está siendo muy importante para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y para generar inclusión y justicia social”. Este programa se lanzó en 2013 para brindar una solución habitacional para los grupos familiares más vulnerables y se concibió a partir de un relevamiento realizado por el Programa de Lucha contra el Chagas, que detectó la existencia de 50.000 viviendas precarias tipo rancho en zonas rurales y de 20.000 en zonas urbanas. “Se instrumenta con fondos provinciales y ya se han entregado más de 32.000 viviendas sociales a familias vulnerables, de manera totalmente gratuita y con el equipamiento mobiliario”, afirma Niccolai. El funcionario reconoce la dificultad de combatir la vulnerabilidad en el interior de la provincia y señala que cuando el Frente Cívico llegó al gobierno se encontró con índices impresionantes de analfabetismo, de desnutrición y mortalidad infantil y de enfermos chagásicos, además de una enorme carencia de infraestructura básica. “Las urgencias son continuar con el programa de desarrollo infraestructural y de inclusión social, combatir la pobreza, seguir mejorando la educación y el acceso a la salud, mejorar rutas y caminos, el programa de viviendas sociales, la extensión de redes de energía eléctrica y soluciones de acceso al agua potable”, señala Niccolai.
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Crecer de golpe. En las zonas rurales, los niños se ocupan -codo a codo- junto a los adultos de todas las tareas de la casa, como buscar el agua, cortar leña, hacer el fuego o cuidar a los animales
“La infancia acá está muy amenazada de vida”, asegura Santiago García Pintos de forma contundente. Es el presidente de la Asociación Civil Cynnal y con esa frase resume la cantidad de riesgos a los que están expuestos los niños de la zona del río Salado norte. Y continúa: “A veces, lo básico no está asegurado para ellos”. Viven en casas muy precarias, tienen que ir a buscar agua para toda la familia, el agua está contaminada con arsénico y flúor, muchos terminan la escuela sin saber leer ni escribir, el hospital más cercano queda a 120 kilómetros, comen una sola vez al día. En este territorio, existen alrededor de 150 parajes. Generalmente, las familias son muy numerosas y viven en comunidad, en distintas casas pero una cerca de la otra. Es gente de mucho trabajo porque el monte ofrece posibilidades de salir a cazar, juntar leña, vender carbón y hacer postes. “El cuidado de los animales implica muchas tareas y podemos ver a niños y niñas que con 5, 6, 7 años son los responsables de las gallinas o los chanchos, o tienen que salir con su papá al monte. De desnutrición hay pocos casos, pero malnutrición tienen la mayoría de los chicos. Vos llegás a una casa y lo que siempre hay es tortilla santiagueña, que no es muy nutritiva. Y cuando les hacen estudios, te das cuenta que los nenes no están bien alimentados y eso después se nota mucho en la adultez. Se ven muchos chicos con baja talla, que parecen de mucha menor edad de la que tienen por su tamaño”, describe.
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Aguantar el dolor. Mateo tiene un problema en la cadera que lo hace caminar torcido y renguear después de correr; recién en 2023 pudieron llevarlo a la ciudad de Santiago del Estero para que lo vea un médico
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En la profundidad del monte santiagueño, Mateo se cría golpeado por la falta de acceso a la salud. Es flaco, muy flaco (la piel pegándose a las costillas). En la cara, resaltan sus ojos achinados y las orejas salidas para afuera, un corte de pelo rapado hasta la mitad de la cabeza y una paleta de la boca levantada sobre los demás dientes. Tiene baja talla: su cuerpo apenas alcanza el tamaño del de un niño de alrededor de 8 años. A su hermana Valentina, 4 años menor, solo le saca media cabeza. Cuando camina, se tambalea para un costado. Del oído izquierdo, solo tiene un 10% de audición. —¿Cuándo te empezó a doler la cadera? —Desde que era chiquito. Es como que se me mueve el hueso. Me duele cuando corro y me molesta para jugar al fútbol. —¿Fuiste al médico por eso? —Sí. —¿Qué dijo el médico? —No sé. Fue hace mucho, en Santiago. —¿Qué te dijeron del oído? —Me quisieron poner un cosito ahí y yo no quería porque tenía mucho miedo. —¿Miedo de qué? —No sé, que me doliera. Y dije que no. —¿Ahora cambiaste de opinión? —Sí. —¿Creés que el no escuchar bien te complica para aprender en la escuela? —Un poco. “Aquí si los chicos se enferman no hay control porque no hay pediatras”, dice Zulema. En Piruaj Bajo existe una sala de primeros auxilios atendida por una enfermera. A 20 kilómetros, en San José de Boquerón, funciona un hospital de tránsito que no tiene especialistas, ni internación ni terapia intensiva. “De vez en cuando, mandan algunos especialistas, se avisa a las poblaciones circundantes y la gente llega. Pero eso no es algo que esté fijado”, explica García Pintos. Mateo arrastra distintos problemas de salud desde muy pequeño, pero recién en 2023 su mamá se acercó al hospital de San José de Boquerón para que lo derivaran a la ciudad de Santiago del Estero. Como las familias son las que tienen que hacerse cargo del pasaje, acumulan dolencias hasta que la urgencia los lleva a pedir plata prestada, hacer rifas o lo que haga falta para encarar ese peregrinaje hacia una atención sanitaria. “Cuando corría parecía como que le explotaba la cadera y entonces nos preocupamos. Me han dicho que lo de la cadera era para operación pero que era riesgoso y hemos decidido no operarlo. Ya que estábamos allá, también lo hicimos ver del oído. Tenía turno para que le pusieran un audífono el año pasado y él no quiso porque le dio miedo. Hemos perdido el turno y no hemos vuelto”, afirma Zulema. —¿Cómo fue el nacimiento de Mateo? —Él ha nacido en Santiago a las 12 del mediodía porque aquí en Boquerón no hacen partos y los derivan a Nueva Esperanza. Al segundo de mis hijos lo he tenido nomás ahí en Moradito, en una casita que teníamos de adobe, un día de lluvia a la noche que no pudimos salir. Había una viejita que sabía algo de partos y me ayudó. —¿A qué edad empezaste a notar que Mateo tenía problemas en el oído? —Cuando estaba en el jardín, a los 5 años. La seño me decía por qué no lo llevaba a Santiago, pero no podíamos por temas de plata. Y quedó ahí nomás. Él a veces nos ve moviendo los labios y recién ahí atiende. Lo mismo le pasa en la escuela.

Sin luz y con hambre. De noche, Mateo prende una vela en su casa para no quedar completamente a oscuras; durante el día, suele ayudar a su mamá a preparar la única comida que van a recibir
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Arranca una hoja verde grande y plana de un árbol. La apoya en un tronco cortado por la mitad que funciona como mesa alta, y con una rama que tiene la punta afilada, se pone a dibujar. La presión sobre la hoja genera un trazo de un verde más oscuro y de a poco va apareciendo la forma de una casa. Es lunes. Hay 12 grados y ella está en ojotas de Minnie, calzas rosas y un buzo marrón. Las uñas de su mano izquierda están pintadas con restos de esmalte violeta. Valentina juega sola. Pero también con Mateo y sus primos, al vóley, al fútbol, a las escondidas o a las muñecas. Está en segundo grado de la escuela y ya sabe leer y escribir. —¿Cómo fue tu día hoy? —Me cepillé los dientes, me he puesto la ropa, me he peinado y me he ido para la escuela. Primero inflé la bicicleta. Cuando volví de la escuela he jugado con Mateo y mis primos a la pelota. Ahora me estoy yendo a catequesis y después tengo que cuidar al bebé. —¿Qué querés ser cuando seas grande? —Maquilladora porque me gusta el maquillaje. Mi prima me enseñó. Tengo la pintura de la boca, de los ojos y para las uñas. No reciben regalos para su cumpleaños, ni para el Día del Niño, ni para la Navidad. A veces, su tía (la hermana de Zulema) les trae algo del pueblo o les regala maquillajes. —Si pudieras pedir tres deseos, ¿cuáles serían? —Una bici y tener la casa para nosotros. —¿Cómo te gustaría que fuera la casa? —Linda y que esté pintada. Y que mi cuarto sea violeta. —¿Hoy cómo es la casa que tenés? —De plástico.
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“La infancia acá está muy amenazada de vida. A veces, lo básico no está asegurado para ellos”
Santiago García Pintos, presidente de la Asociación Civil Cynnal
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En la profundidad del monte santiagueño, Mateo aprende a leer de corrido. En 2023 faltó varios meses a la escuela por los diferentes problemas de salud que tuvo y repitió de grado. Hoy, cursa quinto en la Escuela N° 380 de Piruaj Bajo. “El tema de la educación para nosotros es algo gravísimo. En diálogo con la organización Educar y Crecer, hicimos un diagnóstico en esta escuela y vimos que muchos niños no saben leer, escribir, sumar, ni restar”, señala García Pintos. Como todas las mañanas después de vestirse, a las 7.30, Mateo sale corriendo a ver si su bicicleta está inflada porque no quiere llegar tarde a la escuela. Su dedo se hunde más de lo que le gustaría, agarra el inflador y está varios minutos luchando con cada rueda. —¿Qué es lo que más te gusta de la escuela? —Matemáticas y hacer deberes. Ahora voy bien. —¿Y lo que menos te gusta? —Lengua. Mateo llega a la escuela y desayuna un mate cocido. Tiene clases de Matemáticas y en el recreo juega al fútbol con sus compañeros. No le dan el almuerzo. Cuando sale a las 12 para volver a su casa, tiene una rueda pinchada. Se vuelve caminando con Valen, ambos arrastrando sus bicis. Cuando llegan, se encuentran con su mamá sentada del otro lado de la casa para repararse del viento. Debajo de los pies, tiene unas brasas para soportar el frío. —¿Qué ha pasado con la bici? ¿Se ha pinchado? —le pregunta cuando lo ve llegar. —No sé. —Más tarde veremos si está pinchada o se le rompió la cámara. —¿Has cocinado? —dice Mateo mientras abre la olla y descubre un arroz con leche.
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El diagnóstico que hizo Cynnal junto a Educar y Crecer en 2024, arrojó que Mateo —que estaba en cuarto grado— no leía ni escribía. Por eso, fue uno de los seleccionados para arrancar un proceso paralelo de alfabetización en el espacio que dicta la ONG todos los jueves y viernes por la tarde. “Mateo se ganó el apodo del ‘cero falta'. Es el orgullo de todos. Le gusta, lo disfruta muchísimo. Entró sin saber leer ni escribir y, para emoción nuestra, a fin del año pasado ya leía y escribía”, indica García Pintos. Son las 16.30 y Mateo ya está listo con su mochila al hombro. Tiene que hacer diez cuadras y, como su bici todavía está pinchada, usa la de su hermana. Siempre llega antes y se queda media hora en la galería, esperando a que termine el curso anterior. Agarra unos libros y se pone a leer. En el salón, Gaby Zolorza, la docente, le está dando clases al grupo del nivel 1. En un aula pequeña en la que apenas entran todos, cerca de 12 chicos copian lo que ella escribe en el pizarrón. “Tengo dos niveles. En el nivel 1, están los que no saben todavía leer ni escribir y están descubriendo las letras de a poquito y en el nivel 2, los que sí saben, pero hay que reforzarles. Mateo arrancó el año pasado en el nivel 1 con miedo, era muy tímido, y apenas conocía las letras. Él no faltaba nunca a clases, se preocupaba mucho por aprender y ahora sabe leer y escribir. Eso me llena el corazón”, dice Zolorza. A las 17, Mateo entra al salón. Zolorza toma lista y cada uno abre su cuaderno de “Prácticas del lenguaje”. Mateo no tiene lápiz y le pide uno a la maestra. —¿Se acuerdan que habíamos estado haciendo la semana pasada? —Sí, un recetario. —Hoy vamos a hacer la actividad 16. Mateo, leé los ingredientes de las empanadas de carne por favor. —Un kilo de carne picada o cortada a cuchillo, un morrón, una cebolla, sal y pimienta a gusto, 12 tapas de empanadas —lee Mateo mientras sigue el texto con el lápiz. “Tiene una letra hermosa. Si él tiene dudas, pregunta, no se queda callado, y eso me encanta”, afirma Zolorza. La próxima actividad es pasar al pizarrón para escribir la receta. Zolorza elige a Mateo, que agarra el marcador, se para en puntas de pie y empieza a formar palabras con decisión. —¿Cebolla va con b larga? —pregunta. “Enseñarles a leer y a escribir es abrirles las puertas a ellos para que tengan las mismas oportunidades que los demás y que puedan defenderse”, expresa Zolorza. La escuela de Piruaj Bajo solo tiene hasta segundo año de la secundaria y, si quieren continuar, los adolescentes pueden hacerlo en San José de Boquerón. Algunas familias intentan afrontar el gasto de combustible de ir y volver todos los días, o se mudan al pueblo. “Ojalá puedan hacer lo que quieran y que lo que nosotros les estamos ofreciendo hoy, les sirva para cumplir sus sueños. Si tienen que irse que se vayan, pero porque ellos quieren. Pero si quieren quedarse, que puedan hacerlo porque tienen las herramientas”, agrega García Pintos.
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A 1300 kilómetros de Capital Federal
En la profundidad del monte santiagueño, Mateo se cría comiendo una sola vez al día. “En el monte, a la noche no se cena. Y si los nenes no pudieron alimentarse bien durante el día, se van a dormir con la panza vacía”, dice García Pintos sobre la situación de Mateo y su familia. —¿En la escuela les dan de comer? —Desayuno sí, y almuerzo tres veces por semana. Solo guiso de arroz o de fideos —dice Zulema. Consumen muy poca fruta. Solo los jueves pasa el verdulero. Cuando vuelven de la clase de apoyo, Zulema les prepara un té con varias cucharadas de azúcar y le suma un poco de pan. Santiago se retuerce y llora. Ella lo acomoda para darle el pecho y así se calma. —Después de que terminen, se van a preparar para bañarse porque ya queda poca luz —avisa la mamá. Mateo y Valentina hacen silencio. Zulema aprovecha para buscar la olla grande, ir hasta el aljibe a llenarla de agua y ponerla sobre el fuego. —Traeme el fuentón para poner el agua —le dice a Mateo. Cuelga la toalla en la rama del árbol que está al costado de la casa y Valentina se empieza a desvestir sobre el piso de tierra Sin luz eléctrica, los días se terminan rápido. En invierno, a las 7 de la tarde el sol se empieza a esconder y solo queda preparar el mate cocido para los chicos y el mate para los adultos. A la noche, no se cocina ni se come. La oscuridad trae muchos peligros: accidentes, bichos como arañas y víboras que los pueden picar, animales con los que se pueden cruzar cuando van al baño en medio del monte. A las 8 de la noche, Mateo enciende una vela y la pone en un hueco abierto que funciona como ventana. Zulema prende la linterna del celular de su mamá (ella no tiene uno propio) y lo pone apuntando al cielo sobre la mesa. Valentina intenta dibujar, Mateo toma su mate cocido, Santiago se mueve en el cochecito. Un rato más tarde, Valentina bosteza y su mamá les dice que es hora de ir a dormir. Como hace frío, se van a la casa de su abuela que sí tiene puertas y ventanas.
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Al otro día, Mateo arranca temprano y se pone una remera de Argentina que tiene un 10 atrás y dice Messi arriba. El clima cambió de un día para el otro y se espera una jornada de calor.
—¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?
—Policía. Tengo muchos tíos que son policías.
—¿Sabés qué hacen los policías?
—Pillan a los malos y andan fuerte en la moto.
—Si pudieras pedir tres deseos, ¿cuáles serían?
—Una bici, una tele y unos botines. Los que tengo ya están gastados y no puedo correr bien. La bici que tengo es chiquita, se desinfla y se le sale la cadena. Yo quiero una grande para poder llevar a la Valen. Esos son mis deseos.
—¿Algo más que nos quieras contar?
—No, así es mi historia.
Fuente: La Nación
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